Hay viajes que comienzan cuando subimos a un avión y terminan cuando regresamos a casa. Avalon no fue uno de ellos.
Aquella semana de agosto fue entrando poco a poco en nosotros a través de los paisajes, los símbolos, la música, el movimiento y los encuentros, hasta convertir el viaje en una auténtica vivencia. Llegamos a Glastonbury con un programa por delante y regresamos con algo mucho más difícil de ordenar: recuerdos, sensaciones, imágenes y la impresión de haber transitado durante unos días por un territorio situado entre la realidad y el mito.
Glastonbury fue nuestra puerta de entrada. Sus calles, sus jardines escondidos, sus flores, sus pequeñas tiendas llenas de cristales, símbolos y objetos sorprendentes, y esa mezcla tan singular de tradición, espiritualidad y vida cotidiana nos fueron introduciendo en la atmósfera de Avalon. Allí comenzó también nuestro recorrido de Biodanza, dejando que el movimiento fuera nuestra manera de acercarnos a los lugares no solamente desde la mirada, sino desde el cuerpo. La Casa de la Diosa, el Templo de la Diosa y la capilla dedicada a María Magdalena acompañaron algunas de aquellas primeras experiencias. El mito no necesitaba ser explicado: estaba en los colores, en los objetos, en los gestos, en el silencio y, sobre todo, en lo que cada persona encontraba dentro de sí.
Y llegó Tintagel. El paisaje cambió y apareció el Atlántico, inmenso y azul, golpeando los acantilados de Cornualles. Allí, donde historia y leyenda llevan siglos entrelazándose alrededor del universo artúrico, Merlín y Arturo parecían pertenecer de una manera natural al paisaje. Recorrer aquellas costas, descubrir las cuevas abiertas en la roca y contemplar el mar desde lo alto nos hizo sentir la fuerza de un territorio donde la piedra y el océano parecen conversar desde hace miles de años. Tintagel tenía la fuerza del agua y de la roca, y nosotros tuvimos el privilegio de dejarnos atravesar por ella.
De vuelta a Glastonbury nos esperaba otro elemento: el agua. Chalice Well y White Spring nos regalaron intimidad, frescor y recogimiento. Hubo momentos para permanecer en silencio, escribir, sentir el agua sobre la piel y escuchar. Instantes aparentemente sencillos que terminaron convirtiéndose en una parte esencial del viaje. Porque no todo tenía que ser explicado ni compartido. No todo necesitaba palabras. Avalon también fue detenerse.
Después llegaron los árboles y las piedras. En Avebury, las raíces inmensas parecían continuar bajo nuestros pies mientras los grandes megalitos emergían de la tierra. Caminamos entre piedras levantadas hace miles de años, tocamos árboles que parecían guardar su propia memoria y sentimos otra dimensión del tiempo. Allí volvía a hacerse presente una idea profundamente biocéntrica: somos vida dentro de la vida, apenas un instante dentro de una historia inmensamente mayor.
Y entonces, Stonehenge. Uno de esos lugares conocidos desde siempre a través de libros y fotografías estaba, de pronto, delante de nosotros. Y tuvimos además el privilegio de vivirlo de una forma extraordinaria: entrar en el círculo de piedras. Acercarnos, caminar entre aquellos gigantes de roca y permanecer allí mientras la tarde avanzaba convirtió la visita en algo difícil de describir. Miles de años de presencia humana parecían concentrarse en aquel espacio. No necesitábamos resolver el misterio de Stonehenge. Bastaba estar allí. Sentir. Mirar. Permanecer.
Y entre monumento y monumento seguíamos danzando. Cuatro sesiones de Biodanza fueron tejiendo el viaje, acompañando lo que íbamos viviendo y permitiéndonos transformar paisaje, emoción y símbolo en experiencia corporal. Hubo rondas, encuentros, música, silencios, miradas, ceremonias y momentos de enorme delicadeza. Vestidos de blanco, rodeados de flores y símbolos, fuimos construyendo nuestro propio espacio dentro de Avalon. No éramos solamente visitantes: danzábamos nuestra manera de estar allí.
La convivencia hizo el resto. Los desplazamientos, los picnics, las comidas, las conversaciones al terminar el día, las esperas, el cansancio, las risas y los pequeños acontecimientos inesperados fueron creando esa otra memoria que nunca aparece escrita en un programa. Viajar juntos es también descubrirnos fuera de nuestros lugares habituales. Y poco a poco el grupo fue construyendo una historia común, una pequeña comunidad viajera unida por la curiosidad, la emoción y el deseo de vivir plenamente aquella experiencia.
Y todavía quedaba el amanecer.
Salimos de madrugada hacia Glastonbury Tor. Caminamos mientras el día todavía dormía y ascendimos hasta lo alto para esperar la llegada de la luz. Después el horizonte comenzó a transformarse. Los primeros tonos rosados aparecieron entre las nubes y finalmente el sol emergió sobre la inmensa campiña inglesa. Allí, frente a aquel paisaje, en silencio, muchas de las experiencias de la semana parecieron reunirse durante unos minutos en una sola imagen. Un nuevo día naciendo sobre Avalon.
Después llegarían Gog y Magog, la Abadía de Glastonbury, los últimos paseos, las últimas conversaciones y esa extraña sensación que aparece cuando sabemos que algo hermoso está llegando a su final. Mirábamos los lugares de otra manera. Ya no eran solamente sitios que habíamos visitado. Formaban parte de nuestra propia memoria.
Quizá por eso Avalon no terminó cuando tomamos el avión de regreso a Gran Canaria. Quedaron las piedras de Stonehenge, las raíces de Avebury, el agua de White Spring y Chalice Well, el océano de Tintagel, los jardines de Glastonbury, las danzas, las ceremonias y aquel sol apareciendo sobre el horizonte. Pero quedaron, sobre todo, las personas y lo vivido juntas.
Porque algunos viajes se recuerdan por los lugares que visitamos.
Otros se recuerdan por aquello que despertaron en nosotros.
Y quizá esa sea la verdadera magia de Avalon: regresamos de aquella tierra situada entre la historia y la leyenda descubriendo que una parte de nosotros se había quedado allí… y otra parte de Avalon había regresado con nosotros.



















