Este artículo fue publicado originalmente en Antetodo Magazine. En él, Helena Lorenzo Cabrera —profesora didacta de Biodanza— reflexiona sobre genética, epigenética y transformación personal, conectando los últimos avances científicos con la práctica de la Biodanza. A continuación, te compartimos el texto completo acompañado de las imágenes originales.
Helena Lorenzo Cabrera
Canarias, España
Profesora didacta de Biodanza
IG: @biodanzahelena

Cuando se sabe que el 96% de nuestro genoma es idéntico al de un primate, podríamos entender esa sensación extraña que nos recorre en el zoo, frente a los gorilas de lomo blanco, que nos miran con la misma curiosidad mientras se rascan la cabeza. Si a esto añadimos los resultados del Proyecto Genoma Humano (Science y Nature, 2001) que “contaron” los genes que nos configuran, entonces aún se torna más difícil entender de dónde provienen nuestras características tan especiales y, sobre todo, dónde radica nuestra diferencia con respecto a las otras especies animales.
Es decir, nuestro ADN contiene 25.000 genes y el pequeño porcentaje que nos diferencia origina una rama nueva en los árboles filogenéticos.
Sabemos que los genes están bien protegidos en los núcleos celulares (genotipo). Se expresan y se traducen en proteínas, que constituyen nuestra parte “visible”, el fenotipo. Observando al caso de los gemelos, cuyo ADN es idéntico, se ha podido observar cómo el ambiente influye en esta expresión ya que ambos individuos no son exactamente iguales. Quizás un centímetro más o menos de altura, la presencia o ausencia de una marca en la piel, la forma del rostro o de los ojos nos permiten distinguirlos sin dudar.
Es decir, el entorno, la dieta, la educación al útero durante la embriogénesis. Cualquier detalle que rodee a estas personas podría implicar una manifestación diferente en el mundo.
Las primeras pruebas moleculares acerca de este fenómeno fueron publicadas por el biólogo celular Bruce Lipton, cuyos estudios acerca de la producción de anticuerpos por parte de los glóbulos blancos mostró cómo, con el mismo ADN, la misma célula puede producir una proteína específica. Frente a un patógeno nuevo que consiga atravesar las barreras protectoras de nuestro cuerpo y entre en el torrente sanguíneo, el mismo ADN del linfocito puede traducirse de manera diferente para defender nuestro organismo de forma eficaz.
La Epigenética es una rama de la biología relativamente joven que poco a poco ha dado respuesta a algunas dudas de la herencia y, sobre todo, aporta luz a los mecanismos que operan en nuestra transformación personal cuando practicamos el movimiento pleno de sentido en interacción con otras personas: la Biodanza.

Volviendo a la molécula de la información que se entiende fija de por vida, la explicación pasa por darle una función a ese 4% mínimo de ADN que nos diferencia y que, evidentemente, por sí sola sería imposible que explicara por qué yo, que miro al gorila, “pienso” en su existencia, en la mía, en qué hago en este mundo. También tengo un horario “social” para comer y me enfado con mis congéneres por situaciones que ningún primate entendería.
En ese reducto de ADN se encuentran alojados, según la Epigenética, mecanismos de regulación de todo el resto de la molécula. Es decir, indican qué genes deben de expresarse y en qué medida. Esto nos lleva a un cálculo de posibilidades realmente infinito que describe nuestra personalidad con todos sus factores, formas de procesar la información y de percibir los acontecimientos tanto externos como internos.
Por ejemplo, una persona rígida de pensamiento tiene una combinación de expresión genética determinada. La manifestación de esta combinación pasa por una forma exclusiva de movimiento. Esta persona camina recta, tipo militar, con el ceño fruncido y el pecho hacia delante, con los matices que su ADN exclusivo le confiere, claro.
Es obvio que esta actitud en la vida nos genera problemas de salud, dificultades a la hora de relacionarnos y que, en muchas ocasiones, seamos muy duros con nosotros mismos.
La Biodanza, la disciplina corporal que tratamos aquí, provoca inevitablemente transformaciones personales para aquellos que practican de forma regular. Esto se manifiesta en el movimiento, como cualquier otro aspecto visible de las personas.
Al insistir con los ejercicios durante las sesiones prácticas, en el desarrollo de las categorías del movimiento, tales como la fluidez o el sinergismo, se envían señales a nuestro sistema neuronal para generar combinaciones nuevas que poco a poco se establecen “apagando” las anteriores.
Luego, el individuo antes mencionado comienza a generar nuevas combinaciones de expresión genética que apagan la anterior que marcaba su rigidez. El movimiento progresivamente se transforma y, por descontado, su postura corporal al caminar.
El proceso se toma su tiempo ya que, como mencionamos antes, el sistema neuronal debe cambiar y establecerse para poder generar un estilo dinámico diferente. Así, cuando el aspecto “rigidez” comienza a desaparecer y es sustituido por el de “fluidez”, tiene consecuencias directas en la vida de la persona: en su movimiento, en su percepción, en su pensamiento, en la manera de gestionar las emociones, en la expresión creativa, en su sexualidad, en la manera de relacionarse con los otros y en su entusiasmo por la Vida.
Aunque he evitado entrar en muchos detalles técnicos, apunto que estos procesos son altamente complejos implicando energía y muchos factores a considerar.
Aun así, la Ciencia progresa rápidamente ofreciendo explicaciones a nivel fisiológico y biológico.

Esto representa un alivio para personas que, siendo académicas y científicas, aún no entendieron que hay algo más, mucho más. La Neurociencia y la Epigenética nos proponen y ofrecen un espacio de comunión entre lo racional y lo transpersonal, entre el Cielo y la Tierra.
La Biodanza, la danza de la Vida, se sustenta en todos estos estudios para explicar los beneficios en las personas.
Las propuestas de movimiento orgánico y enraizado en interacción con los demás provocan una aceleración en los procesos de transformación personal.
El hecho de que confluyan en un solo tiempo y espacio aspectos exclusivamente humanos tales como la música, la danza y el abrazo, redundan enormemente en la vivencia del ser humano, acercándonos cada vez más a la mejor versión de nosotros mismos.


